
Una crisis es un momento de decisión. Y de esos, las parejas estables tienen miles. Empezando por el momento de la unión “formal” -cuando se discute acerca de las ventajas de irse a vivir juntos en relación a pasar por el Registro Civil y, eventualmente, por la ceremonia religiosa correspondiente-, en la medida que el tiempo pasa, quienes decidieron llevar adelante una vida de a dos se enfrentan con algunos “hitos” que traen consigo alegrías y dificultades.
Entre esas situaciones, algunas de las más comunes y universales, son:
Se trata de un período de adaptación que puede ser más o menos difícil y en el que se plantea una negociación a veces implícita y otras muy explícita entre las costumbres de cada uno de los miembros de la pareja. Las costumbres que cada uno trae de su casa y los modos a los que estaban acostumbrados deben fundirse en un estilo de vida común, que suma lo que trae cada uno pero que produce un resultado nuevo.
Esta etapa en la que se consolida la convivencia puede ser muy costosa o puede transcurrir sin sobresaltos, y esto depende, por un lado, de las semejanzas y las diferencias entre la vida anterior de cada uno de los cónyuges, de su capacidad para ceder, tolerar, aceptar los cambios, dialogar y crear un mundo nuevo que será el del matrimonio.
Por lo general, el orden, la limpieza, la cocina, el dinero, las salidas –solos o en pareja- y las relaciones con la familia política son los “grandes temas” de esta etapa.
El paso de la pareja a la familia es una crisis vital muy fuerte que moviliza a quien se convierte en madre por un lado, a quien se convierte en padre por otro, a la familia que estrena roles –abuelos, tíos, primos, etc.- y cambia el orden, el tiempo y el espacio de ese mundo que, hasta ese momento, era un mundo de dos.
El desborde por el nivel de demanda del bebé, el padre que puede sentirse “dejado de lado” y la repentina irrupción de la familia ampliada en la vida de la pareja requiere ajustes que, muchas veces, implican peleas, reclamos y ajustes que deben basarse en el amor, la comprensión y el diálogo.
La colaboración del padre en el cuidado del bebé y en las tareas de la casa, los límites a la familia ampliada siempre dispuesta a ayudar –o los reclamos porque no está cuando se la necesita- y el pedido de atención de parte del hombre a su pareja son algunos ejemplos de los temas urticantes de este período.
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