
Hombres y mujeres viven el divorcio de manera diferente. Si bien no se puede generalizar, las mujeres que vivieron en función de la atención del hombre, experimentan una fuerte sensación de fracaso personal, disminución de la autoestima y angustia extra cuando no se sienten suficientemente preparadas como para seguir adelante solas. En cambio, aquellas cuya propia valoración depende de logros obtenidos en otras áreas – laboral, profesional – se encuentran mejor equipadas para cuidar de sus hijos y de sí mismas.
Los hombres por su parte, experimentan al comienzo marcados sentimientos de desarraigo y con frecuencia enfrentan una seria posibilidad de perder a sus hijos. Estudios realizados por Marla Isaacs y J. R. Levin demostraron que cuando un progenitor pierde contacto con su hijo/a por más de ocho meses se convierte en lo que se denomina un padre periférico, esto significa que deja de ser significativo para el niño/a.
Las parejas organizadas en derredor del estereotipo de género que divide a las mujeres en nutrientes y a los hombres en proveedores, a la hora del divorcio, suelen repartir las pertenencias, de modo que la esposa se queda con los hijos y el marido con el dinero. El dinero y los hijos son utilizados como instrumentos de poder a fin de favorecer los intereses de uno o ambos padres. Este tipo de organización posdivorcio, claramente disfuncional, es el origen de innumerables batallas legales.
Los hombres que dependen emocionalmente de las mujeres, pueden encontrarse sin recursos psicológicos para enfrentar la angustia del divorcio y suelen precipitarse rápidamente en una nueva relación sentimental, cuando no en un nuevo matrimonio.
Mientras que por lo general, para ellos, las metas laborales y familiares no se contraponen, para ellas, ¡todavía en este siglo! pueden ser difíciles de conciliar y devienen en una fuente de conflicto o sobrecarga.
Desde luego, el divorcio produce un impacto económico en ambos cónyuges, pero ese impacto es mayor en las mujeres que durante la vida marital permanecieron dedicadas exclusivamente a las tareas del hogar - amas de casa - y no están preparadas para obtener un trabajo remunerado. Cuando tienen hijos pequeños su situación se complica y deben recurrir a terceros que colaboren con la crianza. Si se constituyen en el único sostén económico del hogar y sus ingresos son insuficientes o no cuentan con otros recursos propios, pasan a integrar las filas de lo que se conoce como feminización de la pobreza.
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