En una época, no trabajar era señal de status y muchos artistas, como el escritor Jorge Luis Borges, por ejemplo, no trabajaron nunca por un sueldo. Pero hoy en día, después del auge de los “Yuppies”, los hombres de negocio y los grandes ejecutivos de agenda completa –ahora digital, por supuesto-, son los que se quedaron con el lugar de privilegio.
Hoy, tener muchos compromisos es señal de “estar en carrera” y ser una persona ocupada da un halo de importancia difícil de desestimar. Por eso, cuando el que trabaja pasa a trabajar en exceso, se lo suele ver como una persona exitosa y no como alguien que tiene un problema y que no puede controlar sus tiempos.
A esto hay que sumarle que el mundo de consumo requiere muchas horas de trabajo para poder acceder a los bienes y servicios que aparecen como necesarios, y que, en muchos países, cada vez hay que trabajar más para poder tener lo mismo.
Pero más allá de estas realidades, hay personas que no logran desconectarse del trabajo ni siquiera los fines de semana y que entran en una vorágine laboral que, de a poco, va tomando todos los demás aspectos de su vida. Así, el tiempo para la pareja, la familia, los amigos, el deporte y el ocio desaparece y aparece el “workaholic”, el “adicto al trabajo”, que si bien son en su mayoría hombres, también suman mujeres a sus filas en la medida en que ellas ingresan y progresan en el mundo laboral.
La sensación de “no poder parar” se adueña de los adictos al trabajo que, como cualquier adicto, tienen ciertas características: necesitan de manera imperativa su droga –el trabajo-, desarrollan tolerancia –cada vez necesitan más droga, o sea, más trabajo- y sufren síndrome de abstinencia –los fines de semana y las vacaciones son períodos críticos en los que buscan la forma de seguir trabajando, de alguna manera-.
Cuando una persona que tiene tendencias perfeccionistas y controladoras empieza a trabajar cada vez más, puede perder el regulador que le dice cuándo parar y su vida empieza a tener sentido solamente en función de su actividad laboral.
La adicción al trabajo produce síntomas internos y externos: los internos tienen que ver con lo que le dice el cuerpo –agotamiento, ansiedad, mareos, palpitaciones, insomnio y toda clase de llamados de atención que pueden terminar en afecciones cardíacas-. Los síntomas externos se relacionan con lo que le devuelve el entorno: cuando varias personas de su círculo más cercano demandan más atención y cuando ve que tiene que ir dejando actividades no relacionadas con lo laboral para las que antes tenía tiempo, es claro que hay algo para modificar.
La paradoja más peligrosa de esta adicción es que, a diferencia de otras como el alcoholismo, la adicción al juego o el tabaquismo, no es rechazada por la sociedad, sino, por el contrario, aplaudida: el adicto al trabajo suele ganar bien, ser ascendido, recibir aumentos y ser muy valorado por sus superiores.
Sin duda, una paradoja que puede tener un alto costo para la salud y para la vida de relación de una persona.
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