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El mapa del cuerpo: cómo descubrir y estimular las zonas erógenas
 
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Fecha de última actualización:05/12/2011
La piel humana es como una pradera en la que cada hoja de hierba equivale a una terminación nerviosa, sensible al más leve contacto, y capaz de dibujar en la mente humana el recuerdo del instante.

Como en una lámina de estudio, varias flechas marcan sobre la cartografía del cuerpo zonas erógenas culturalmente reconocidas, en un diagrama bien aprendido con el que se inicia la actividad sexual. No se trata de puntos arbitrarios pues coinciden con aquellos donde se concentran gran cantidad de terminaciones nerviosas, lugares que teóricamente responden ante una estimulación adecuada y cuya inervación les concede una especial sensibilidad. La punta de los pezones y el clítoris en la anatomía femenina y el pene y las tetillas en la masculina entran dentro de esa clasificación. Son zonas aceptadas como eminentemente erógenas y se las llama zonas erógenas primarias. Se pueden reconocer también las llamadas secundarias, como el cuello, el centro de la espalda, las orejas, la garganta, los labios, la parte anterior de las piernas, la cola.

Pero entonces ¿siempre resultará placentera la estimulación de los pechos femeninos?. A veces no, una diferencia de milímetro, una presión excesiva, o simplemente falta de predisposición de la receptora modifican la respuesta. Además de las terminaciones nerviosas existentes en todas nosotras, está la historia individual de cada una de nuestras zonas erógenas, descubrimiento necesario que cada amante debe realizar en el mapa de su compañero/a. Una travesía que sólo una actitud exploradora puede ir despertando como forma de enriquecer la sensibilidad y, por ende, la intensidad de la acción.

La memoria de la piel mantiene registros de contactos y caricias con las personas que alguna vez nos quisieron y nos hicieron sentir bien. Si alguien las repite quizás una se sienta amada nuevamente, o tal vez desaparezcan esos puntos que guardaban un puñado de buenos momentos. También puede suceder al revés: que quien repita los gestos de otro -ese otro privilegiado en el recuerdo- aparezca como un intruso. En cada una de las mujeres existe una red en la que cada nudo es un punto sensitivo y cuyo diagrama está siempre sin terminar. Encontrar ese recorrido y continuarlo requiere de la disposición propia a dejar correr la imaginación del otro. También se necesita atención para atrapar las sensaciones que puedan brindarnos los gestos y actos de ese otro. 

¿Acaso los impulsos ardientes que despiertan algunas personas se localizan en partes específicas? Todas deben recordar que alguna vez alguien les provocó una corriente tórrida, incontenible por todo el cuerpo y que en ese momento todo su ser respiró con otro ritmo y se dejó invadir por una sensualidad arrolladora. No todos los días se alcanzan esas temperaturas, ni todos los compañeros son capaces de volver a encender esos estados; tampoco se pueden obtener por vías mecánicas o rutinarias o en encuentros sin imaginación o desapasionados.

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