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Los últimos días de las vacaciones y/o los primeros al volver a la rutina laboral suelen ser difíciles y, de hecho, muy parecidos a un día domingo: pueden aparecer sentimientos de tristeza y angustia por la etapa de descanso que se termina y por lo que significa volver al ruedo en el trabajo y en las ocupaciones cotidianas. Y esto sucede tan frecuentemente que ya recibe, informalmente, el nombre de “Síndrome de Estrés Post Vacacional” (SEPV).
A la “no rutina” de las vacaciones es fácil acostumbrarse: levantarse y acostarse a la hora que uno lo desea, resolver la comida sin que haga falta mucha anticipación –y, por lo general, con permisos más amplios a la hora de elegir el menú-, no estar pendientes del celular, los mails, la plancha, el lavarropas y las compras; vivir en malla y ojotas, disfrutar del tiempo libre… Por eso, cuando hay que volver a calzarse los tacos y poner pie en la oficina, es lógico sentir el cimbronazo.
Además, si uno sabe que al regresar hay que pagar una montaña de cuentas o que espera una decisión importante a nivel laboral o de pareja, pueden aparecer algunos (o todos) los síntomas del SEPV: melancolía, tristeza, desgano, angustia, dolores de cabeza, insomnio, etc.
Y si al final de las vacaciones se le suma un regreso a casa en avión desde un destino lejano, a todos los síntomas hay que sumarle los propios del “jet lag”: el desequilibrio que produce la diferencia entre el reloj interno que controla las horas de sueño y vigilia con respecto al nuevo horario que se establece al llegar a destino después de muchas horas en el aire. Esto puede producir un gran cansancio, vómitos, diarrea, dolor de cabeza, dificultad para conciliar el sueño y pensar con claridad, etc.
El cuerpo habla de alguna manera, con lo cual hay que estar alertas porque si volver a trabajar genera un cuadro con síntomas muy exacerbados puede haber un ingrediente que va más allá del hecho de terminar las vacaciones y lo más recomendable es hacer una consulta con un profesional para recibir orientación.
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