
La Piazza Di Spagna, en Roma, fue el escenario de una protesta que dio lugar al movimiento slow: en 1986, cuando se iba a instalar en ese sitio un local de comida rápida, un grupo de italianos se manifestó para reivindicar el derecho a la buena comida.
Un periodista italiano que se acordó “de cuando la comida tenía gusto a comida” fundó la organización no gubernamental (ONG) Slow Food, cuyo logo es un caracol y que plantea que a la comida hay que saborearla.
Desde ese día, la “filosofía slow” comenzó a extenderse –lentamente, claro-, hasta llegar a proponerse como un estilo que apunta a recuperar la calidad de vida: el sexo, el trabajo y la educación slow se incluyen en algunas ciudades que ya se denominan slow porque intentan imprimir este sello a muchos aspectos de la vida que se desarrolla en ellas.
Pero para que una ciudad sea considerada slow, debe cumplir con algunos requisitos: las calles del centro deben ser peatonales y los negocios tienen que cerrar los jueves y los domingos, hay que bajar el nivel de tránsito y de ruido, sumar áreas verdes y proteger el medio ambiente, entre otros cambios que deben lograrse.
Desde aquel día en Piazza Di Spagna, los objetivos de los seguidores de esta propuesta se fueron ampliando y hoy en día se proponen llevar adelante una transformación que provoque un cambio social, económico y ambiental en pos de una mejor calidad de vida.
Equilibrar el trabajo y la vida cotidiana es lo que propone en su libro “Elogio de la lentitud” el periodista Carl Honoré, quien difundió las bondades de la filosofía slow pregonando que hay que vivir con calma para disfrutar más.
La vida slow, que propone la desaceleración del ritmo cotidiano, puede empezar a implementarse poniendo en práctica algunas de las siguientes costumbres: dormir lo suficiente, practicar un hobby, realizar una actividad física moderada, no cargar la agenda innecesariamente, hacer de a una cosa por vez, dejar para mañana lo que se pueda hacer mañana, tratar de no vivir pendiente del tiempo y de los horarios, hacerse tiempo para los amigos, la lectura, el paseo y el ocio. Con respecto a la comida, el pilar del movimiento slow, se recomienda disfrutar de la comida casera, tomarse el tiempo para prepararla y compartir ese momento, masticar bien, disfrutar tanto de la compañía como de la soledad –según el caso- y evitar comer con el televisor encendido.