En una sociedad en la que estar repleto de actividades y vivir a mil es sinónimo de éxito, resulta complicado relajarse y disfrutar. La angustia y el estrés suelen ser el resultado de esta manera de vivir. ¿Cómo es tu experiencia al respecto? ¿Sentís que vivís estresada? ¿Cuál es tu consejo para...
Los indicios de que nuestros padres están envejeciendo a veces son nimiedades y otras veces no. Las señales suelen ir apareciendo de a poco y pueden pasar desapercibidas hasta que un día miramos para atrás y nos damos cuenta de la diferencia.
La lentitud, la falta de energía, la pérdida de agilidad motora y mental, de memoria, la desatención, el deterioro físico, son las señales de cambios progresivos o repentinos que avisan de un proceso que no se revierte como quisiéramos o habíamos esperado.
Muchas veces la reacción es el enojo hacia ellos: “¿Pero qué me estás diciendo?” “¿Ya te olvidaste que quedamos para mañana?” “¿Cómo, no vas a venir, estás cansado?” “Contaba con vos, te iba a pedir que…”.
Otras veces nuestra respuesta ante esa vejez es la desazón, el desconsuelo, la impotencia, la tristeza. O bien tendemos a negar, a pensar que es algo pasajero, debido a otros factores (enfermedad, stress, descuido).
Pero no solo emergen sentimientos negativos. La vejez de nuestros padres también nos trae la oportunidad para expresar la ternura, el amor, el cuidado y el acercamiento.
Si uno es capaz de aceptar y asumir que el paso del tiempo es inexorable y les llega a todos, la vejez de los padres abre la oportunidad de compartir con ellos esta nueva etapa y promover encuentros que probablemente antes no se habían dado, conversaciones, espacios que antes no teníamos, reparar algunas heridas o cerrar asignaturas pendientes. También esta posición propicia vivir mejor la propia vejez.
A algunas personas les ocurre que sienten que pasan a ser “padre” en vez de hijo, y los padres pasan a ser sus “hijos”, ¿esto es así?
La sensación de que uno pasa a ser “padre” de sus padres ocurre de alguna manera, al menos en cuanto a los cuidados. Pero si los padres conservan la lucidez y la sabiduría que da la experiencia y la vida bien vivida, no tienen por qué perder la condición de referentes. Incluso aunque ya no mantengan esas facultades, si lo fueron antes, seguirán siéndolo, porque la función paterna es más simbólica que concreta.
Cuando la vejez de los padres los lleva a requerir imperiosamente de nuestra atención, ellos pasan a ocupar la prioridad uno, muchas veces porque la necesidad es perentoria, si se trata de una enfermedad que los deja postrados, por ejemplo.
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